Este mes de agosto me he pasado muchas horas mirando caras. Concretamente, los primeros 90 segundos de 80 charlas TED. Y no, no estaba buscando inspiración para mi próxima conferencia, aunque siempre viene bien. Estaba contando sonrisas para responder la hipótesis que planteé en mi tesis de final del Máster de Comunicación No Verbal Científica del que me acabo de graduar. Casi ná.
¿Existen patrones no verbales —concretamente en el rostro— que distinguen las charlas más vistas de las menos vistas?
Cuando subimos a un escenario, la audiencia todavía no conoce nuestro argumentario. Pero ya está recibiendo información. Ve cómo nos movemos, qué estado emocional proyectamos, cómo miramos, escucha nuestro timbre de voz, observa nuestras manos y empieza a formarse una impresión de quién tiene delante, incluso antes de pronunciar palabra. A mí personalmente, me interesaba una señal pequeña y tremendamente humana: la sonrisa.
La curiosidad acabó convirtiéndose en mi trabajo final de máster. Y los resultados me sorprendieron. Aunque la pregunta más interesante llegó después de cerrar el excel.
El oro está en el norte: ¿Te lo crees?
Imagina que buscas oro y alguien te dice: «Está en el norte». No sabes si puedes fiarte de esa persona. Pero es a través de un vídeo breve que decides dónde cavar.
En un estudio de 2018, Lawrence Ian Reed, Rachel Stratton y Jessica Rambeas plantearon precisamente ese juego. El mensaje escrito siempre era siempre el mismo: el oro está en el norte. Lo que cambiaba era la expresión facial de quien lo transmitía. Cuando aparecía una sonrisa Duchenne, más personas seguían la indicación que cuando veían un rostro neutro. Una sonrisa contenida, en cambio, reducía la credibilidad del mensaje.
Y ahí se encendió mi curiosidad: si una sonrisa puede influir en cómo interpretamos una misma frase, ¿qué ocurre cuando alguien comunica encima de un escenario? Allí están también la voz, el relato, la audiencia y una relación que empieza a construirse en segundos.
La mejor sonrisa no solamente involucra tu boca.
Puede que nunca hayas oído hablar de la sonrisa Duchenne. La historia empieza en 1862, cuando el médico francés Guillaume Duchenne de Boulogne estudió los músculos del rostro y observó algo que todos podemos reconocer: algunas sonrisas se quedan en la boca; en otras también participa la zona de los ojos.

Más de un siglo después, Paul Ekman retomó aquella observación y dio a esa combinación el nombre de Duchenne, en su honor. Ekman y Friesen crearon un sistema para identificar movimientos faciales observables, llamado FACS. En él, esa combinación se anota como AU12 + AU6: boca y ojos.
Si quieres la versión anatómica: al sonreír se elevan las comisuras de los labios gracias al músculo cigomático mayor. En la sonrisa Duchenne se activa además el músculo orbicular, alrededor de los ojos. Por eso pueden elevarse las mejillas y aparecer pequeñas arrugas en sus extremos -feliz de mis patas de gallo-.
Solemos llamarla «sonrisa auténtica», pero hay un matiz: ver esos movimientos no significa saber lo que alguien siente por dentro.
Con ese criterio analicé 80 charlas TED. Las 40 más vistas de la historia y 40 de muy baja visualización. Vi los primeros 90 segundos de cada una y conté tanto las sonrisas en general como aquellas en las que podía identificar claramente la combinación Duchenne.
Y esto fue lo que apareció.
La sonrisa aparece hasta 5,6 veces más, en las charlas TED más vistas de la historia. Sonríe.
Esa fue la diferencia durante los primeros 90 segundos: en las 40 charlas de alta visualización conté 141 episodios de sonrisa; en las 40 de baja, solamente 30. Pero no quería quedarme solo en cuántas veces sonreían. Quería observar también cómo lo hacían.
Al fijarme en la sonrisa Duchenne, la diferencia fue todavía mayor: 67 frente a 12. Aproximadamente 5,6 veces más en las charlas de alta visualización.
Así que los datos apuntaban en la dirección que había imaginado: en las charlas más vistas, la sonrisa Duchenne aparecía con mucha más frecuencia.
Y entonces apareció el dato que más me hizo detenerme: la ausencia. En más de la mitad de las charlas de baja visualización no observé ninguna sonrisa durante el primer minuto y medio. Concretamente, ocurrió en el 52,5 %, frente al 7,5 % de las charlas de alta visualización. La ausencia de sonrisa era siete veces más frecuente en las de baja visualización.
Ahora bien, que exista esta diferencia no significa que sonreír haga que una charla consiga más visualizaciones. Mi estudio observa un patrón correlacional en esta muestra; no establece una relación de causa y efecto.
Las mujeres sonríen más que los hombres.
Hay otro dato que merece una conversación propia. En la muestra, las mujeres sonrieron más que los hombres: una media de 2,82 sonrisas frente a 1,77. En sonrisa Duchenne, las medias fueron 1,32 frente a 0,81. Aun así, la diferencia entre charlas de alta y baja visualización apareció en ambos géneros. Mi estudio describe lo que ocurrió en estas 80 charlas; no explica por qué ellas sonrieron más ni qué expectativas sociales podrían estar influyendo.
¿Qué lectura le darías tú?

Esta es la pregunta que me llevo de mi tesis:
Durante años, cuando enseñamos a hablar en público, solemos prestar atención a lo que se ve desde fuera: la postura, la voz, las manos, la estructura del mensaje. Tiene sentido entrenarlo. Pero después de analizar estas 80 charlas, como profesional y formadora de comunicación en público, nunca te diría simplemente: Tú, sonríe.
La pregunta que me interesa es otra: ¿Qué condiciones hacen posible que alguien se sienta suficientemente presente, segura y conectada con lo que cuenta para sonreír de manera auténtica en un escenario?
Mi trabajo no midió el estado interno de las personas conferenciantes. No puedo afirmar que la seguridad, el disfrute o la conexión produjeran las sonrisas que observé. Esa es, precisamente, una línea que me gustaría seguir explorando.
Mientras tanto, me quedo con una idea para mi práctica como comunicadora: preparar una charla también implica preparar la relación que voy a crear con la audiencia. Saber qué quiero decir, por qué me importa y cómo quiero estar allí. La expresión facial forma parte de esa conversación, pero no funciona separada de ella.
Empecé esta investigación preguntándome cuánto sonríen quienes hablan en las TED más vistas. La termino preguntándome algo mucho más grande: ¿desde dónde hablamos cuando queremos conectar de verdad?
Y esa pregunta, por suerte, no se responde mirando solo a la cámara.
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Ganas de otoño,
Gemma
PS. Si eres researcher y tienes dudas sobre la tesis puedes contactarme a hola@gemmafillol.com